1929-1932: Capítulo 20. Los campesinos, de la Historia de la Revolución Rusa
(viene de pg. anterior)
Chernov, ministro de Agricultura, que ardía en deseos de
ofrecer al congreso campesino un huevo de pascuas, se ocupaba,
sin ningún resultado visible, en el proyecto de decreto
prohibiendo las transacciones sobre tierras. Por su parte, Pereverzev,
ministro de Justicia, a quien se tenía también por
socialrevolucionarios o algo así, adoptaba, precisamente
por los días del congreso, medidas para que no se opusiera
obstáculo alguno a esas transacciones. Los diputados campesinos
protestaron. Pero las cosas no se meneaban del sitio. El gobierno
provisional del príncipe Lvov no se decidía a meter
mano a las tierras de los grandes propietarios. Los socialistas
no querían meter mano al gobierno provisional. Y el congreso,
por su estructura, era incapaz de encontrar el modo de resolver
la contradicción entre el hambre de tierra y el reaccionarismo
que en él se albergaban.
El 20 de mayo se levantó a hablar Lenin en el congreso
de los campesinos. «Parecía -dice Sujánov-
como si hubiese caído entre una bandada de cocodrilos.
Sin embargo, los campesinos le oyeron atentamente, y con seguridad,
que no sin simpatía. Lo que ocurre es que no se atrevían
a manifestar sus verdaderos sentimientos.» Lo mismo sucedió
en la sección de soldados, extraordinariamente hostil a
los bolcheviques. Sujánov intenta dar un matiz anarquista
a la táctica de Lenin ante la cuestión agraria.
Era bastante parecido a lo del príncipe Lvov, que sellaba
de acto anárquico todo atentado contra el derecho de los
terratenientes. Siguiendo esta lógica, habría que
reconocer que revolución y anarquía son términos
sinónimos. En realidad, el modo como Lenin planteaba la
cuestión era harto más profundo de lo que su críticos
se imaginaban. Los órganos de la revolución agraria,
cuya misión era, en primer término, acabar con la
gran propiedad, habían de ser los soviets de diputados
campesinos, a los cuales estarían sometidos los comités
agrarios. Lenin veía en los soviets los órganos
del Estado del mañana, del poder más concentrado
de todos, la dictadura revolucionaria. Como se ve, esto se hallaba
bastante lejos del anarquismo, o sea, de la teoría y de
la práctica de la negación del poder. «Votamos
-decía Lenin el 28 de abril- por la entrega inmediata de
la tierra a los campesinos, con un grado máximo de organización.
Somos adversarios irreconciliables de las expropiaciones anárquicas.»
¿Por qué no estamos conformes con esperar hasta la
Asamblea constituyente? «Para nosotros, lo importante es
la iniciativa revolucionaria, de que la ley debe ser el resultado.
Si esperáis a que se escriba la ley y os cruzáis
de brazos, sin desplegar la menor energía revolucionaria,
no tendréis ni ley ni tierra.» ¿Es que estas
palabras tan sencillas no son la voz de todas las revoluciones?
Después de un mes de sesiones, el congreso eligió
como organismo permanente un Comité ejecutivo compuesto
de dos centenares de pequeños-burgueses rurales y de narodniki
profesores o mercachifles, poniendo de pabellón sobre toda
esta cuadrilla las figuras decorativas de la Breschkovskaya, Chaikobski,
Vera Figner y Kerenski. Fue elegido presidente del Comité
el socialrevolucionario Avksentiev, bueno para banquetes, pero
poco adecuado para guerras campesinas.
A partir de este momento, las cuestiones importantes eran todas
objeto de deliberación en las sesiones conjuntas de los
dos Comités ejecutivos: el de los obreros y soldados y
el de los campesinos. Esta combinación representaba un
extraordinario robustecimiento del ala derecha, que estaba en
contacto directo con los kadetes. En todos aquellos casos en que
era necesario ejercer presión sobre los obreros, atacar
a los bolcheviques, amenazar con truenos y relámpagos a
la «república autónoma de Kronstadt»,
las doscientas manos, o, para decirlo más exactamente,
los doscientos puños del Comité ejecutivo campesino
se levantaban como una muralla. Todos ellos convenían con
Miliukov en que era preciso «acabar» con los bolcheviques.
Lo malo era que en lo tocante a las tierras de los grandes propietarios
abrigaban opiniones campesinas, no liberales, que
les ponían frente a la burguesía y al gobierno provisional.
Apenas había terminado sus sesiones el congreso campesino,
empezaron a llover quejas de que en las aldeas tomaban en serio
los acuerdos del congreso y de que los campesinos se apoderaban
de la tierra y de los aperos de labor de los hacendados. Era absolutamente
imposible hacer comprender a aquellos cráneos testarudos
de campesinos la diferencia considerable que mediaba entre las
palabras y los hechos.
Los socialrevolucionarios, alarmados, recularon. En el congreso
celebrado en Moscú a principios de junio condenaron solemnemente
toda ocupación de tierras realizada por iniciativa propia:
era preciso esperar a la Asamblea constituyente. Pero este acuerdo
resultó impotente, no ya para contener, sino ni siquiera
para debilitar el movimiento agrario. Y la cosa venía a
complicarse todavía más por el hecho de que el propio
partido socialrevolucionario albergaba a no pocos elementos que
estaban realmente dispuestos a luchar al lado de los campesinos
contra los terratenientes, llevando las cosas hasta el fin, con
la agravante de que estos socialrevolucionarios de izquierda,
que no acababan de decidirse a romper abiertamente con el partido,
ayudaban a los campesinos a burlar las leyes o a interpretarlas
a su modo.
En la provincia de Kazán, donde el movimiento campesino
tomaba un carácter especialmente turbulento, los socialrevolucionarios
de izquierda definieron su actitud antes que en otros sitios.
Al frente de ellos estaba Kalegayev, que había de ser comisario
del pueblo de Agricultura en el gobierno soviético durante
el período del bloque de los bolcheviques con los socialrevolucionarios
de izquierda. A partir de mediados de mayo, en esta provincia
se empiezan a poner sistemáticamente las tierras a disposición
de los comités cantonales. En el distrito de Spaski, a
la cabeza de cuyas organizaciones campesinas se encuentra un bolchevique,
es donde estas medidas se llevan a la práctica con mayor
audacia. Las autoridades provinciales se lamentan al poder central
de la campaña de agitación agraria que están
llevando a cabo los bolcheviques llegados de Kronstadt y añaden
que la beata monja Tamara ha sido detenida por ellos, por haberse
atrevidos a «contradecir».
El 2 de junio, el comisario de la provincia de Voronesch comunica:
«Son cada día más frecuentes, sobre todo en
la esfera agraria, los casos de infracción de la ley.»
La ocupación de tierras en la provincia de Penze es cada
vez más insistente. Uno de los comités agrarios
de la provincia de Kaluga quitó al convento la mitad de
la siega de un prado: cuando el prior del convento expuso sus
quejas al comité agrario del distrito, éste tomó
el acuerdo siguiente: apoderarse del prado entero. Sucede con
frecuencia que las instancias superiores sean más radicales
que las inferiores. La abadesa María, de la provincia de
Penze, se lamenta de la ocupación de los bienes del convento:
«Las autoridades locales son impotentes.» En la provincia
de Viatka, los campesinos se incautaron de las fincas de los Skoropadski,
familia del futuro atamán de Ucrania, y decidieron, «en
tanto se resolviese el problema de la propiedad agraria»,
no tocar el bosque y entregar al Tesoro los ingreso de las fincas.
En otros varios sitios los comités agrarios no sólo
rebajaron las rentas hasta el 500 y el 600 por 100, sino que decidieron
no pagarlas a los terratenientes, sino ponerlas a disposición
de los comités hasta que la Asamblea constituyente resolviera
la cuestión. Era un procedimiento no abogadesco, sino campesino,
es decir, serio, de plantear el problema de la reforma agraria
adelantándose a la Asamblea constituyente.
En la provincia de Saratov, donde todavía ayer los campesinos
prohibían a los terratenientes talar los bosques, ahora
los talaban ellos mismos. Lo más frecuente es que los campesinos
se apoderen de las tierras de la Iglesia y de los conventos, sobre
todo allí donde hay pocas fincas pertenecientes a grandes
propietarios. En Lituania, los braceros letones, unidos a los
soldados del batallón letón, proceden sistemáticamente
a la ocupación de las haciendas de los barones.
De la provincia de Vitebsk llegan quejas desesperadas de los contratistas
de maderas, quienes dicen que las medidas de los comités
agrarios atentan contra su industria e impiden dar satisfacción
a las necesidades del frente. Otros patriotas no menos desinteresados,
como los terratenientes de la provincia de Poltava, se sienten
afligidos por el hecho de que los desórdenes agrarios les
impidan abastecer al ejército. Finalmente, el congreso
de tratantes de caballos celebrado en Moscú advierte que
las expropiaciones de tierras constituyen una terrible amenaza
para la cría caballar. Al mismo tiempo, el procurador del
Santo Sínodo, el mismo que calificaba a los miembros de
esta sacratísima institución de «idiotas y
canallas», lamentábase al gobierno de que en la provincia
de Kazán los campesinos quitaran a los frailes no sólo
el ganado y la tierra, sino también la harina necesaria
para amasar el pan sagrado. En la provincia de Petrogrado, a dos
pasos de la capital, los campesinos arrojaban de sus tierras a
un arrendatario y se dedicaban a explotarlas ellos mismos. El
2 de junio, el infatigable príncipe Urusov volvía
a telegrafiar en todas direcciones: «A pesar de todas mis
órdenes..., etc. Ruego nuevamente que se tomen las medidas
más enérgicas.» El príncipe se olvidaba
de indicar cuáles.
Al tiempo que por todo el país se desarrollaba una labor
gigantesca para descuajar las raíces más profundas
de la Edad Media y de la servidumbre de la gleba, el ministro
de Agricultura, Chernov, en sus oficinas, recogía materiales
de estudio para la Asamblea constituyente. Chernov proponíase
llevar a cabo la reforma basándose únicamente en
los datos más precisos de la estadística agraria
y de toda suerte de estadísticas, y trataba de persuadir
con voz meliflua a los campesinos de que tuvieran un poco de paciencia,
hasta que él terminara sus ejercicios. Lo cual -dicho sea
de paso- no fue obstáculo para que los terratenientes arrojasen
del ministerio al «ministro de las aldeas», sin darle
tiempo, ni mucho menos, a tener terminadas sus tablas sacramentales.
Recientes investigadores, basándose en los archivos del
gobierno provisional, han calculado que en marzo el movimiento
agrario se manifestaba con mayor o menor intensidad, en 34 distritos,
en abril en 174, en mayo en 236, en junio en 280, llegando en
julio a 325. Sin embargo, estas cifras no dan una idea completa
del avance del movimiento, ya que, dentro de cada distrito, la
lucha cobra de mes en mes un carácter más vasto
y tenaz.
Durante este primer período, que va de marzo a julio, la
aplastante mayoría de los campesinos se abstiene todavía
de emplear la violencia directa contra los terratenientes y de
apoderarse descaradamente de la tierra. Yakovliev, que ha dirigido
las aludidas investigaciones y que es actualmente comisario del
pueblo en el departamento de Agricultura de la Unión Soviética,
explica la táctica relativamente pacífica de los
campesinos por la confianza que aún depositaban en la burguesía.
Fuerza es reconocer la inconsistencia de esta explicación.
El gobierno del príncipe Lvov no podía inspirar
confianza alguna a los campesinos, para no hablar ya del recelo
constante del campesino hacia la ciudad, hacia el poder y hacia
la sociedad culta. El que durante este primer período los
campesinos no recurran todavía, casi, a medidas de franca
violencia y se esfuercen en dar a sus actos la forma de una presión
legal o semilegal se explica precisamente por su desconfianza
hacia el gobierno, en momentos en que no tenían tampoco
confianza suficiente en sus propias fuerzas. Los campesinos empiezan
a agitarse, tantean el terreno, miden la resistencia del enemigo
y, apretando al terrateniente en toda la línea, dicen:
«Nosotros no queremos robar nada, sino arreglarlo todo por
las buenas.» No se apoderan del prado, pero siegan la alfalfa,
arriendan por la fuerza la tierra, fijando ellos mismos la renta,
o la «compran» por los mismos procedimientos coercitivos
y en los precios que ellos mismos señalan. Todas estas
apariencias legales, poco convincentes lo mismo para el propietario
que para el jurisconsulto liberal, están dictadas en realidad
por una desconfianza latente, pero profunda, contra el gobierno.
Por las buenas -se dice el campesino- no lo cogerás; cogerlo
por la fuerza es peligroso; intentemos obrar por la astucia. Para
él, el ideal hubiera sido expropiar al terrateniente con
su propio consentimiento.
«Durante todos estos meses -insiste Yakovliev- prevalecen
procedimientos peculiares, nunca vistos en la historia, de lucha
«pacífica» con los terratenientes, resultantes
de la confianza que los campesinos tenían en la burguesía
y en el gobierno de ésta.» Esos procedimientos, que
se califican de nunca vistos en la historia, son, en realidad,
los procedimientos típicos, inevitables, históricamente
necesarios bajo todos los climas, en esta fase inicial de la guerra
campesina. La tendencia a dar una apariencia, sea de legalidad
religiosa o civil, a los primeros pasos en el camino de la revuelta
ha caracterizado en todos los tiempos a la lucha de las clases
revolucionarias antes de que éstas reúnan las fuerzas
y la seguridad en sí mismas de que necesitan para cortar
el cordón umbilical que las une a la vieja sociedad. Y
esto rige con los campesinos en mayor medida que con ninguna otra
clase, ya que ellos, aun en sus mejores tiempos, avanzan medio
a oscuras y a tientas, mirando recelosamente a sus amigos de la
ciudad. Y reconozcamos que no les faltan para ello motivos fundados.
Los amigos del movimiento agrario, en los primeros pasos de éste,
son siempre los agentes de la burguesía liberal y radical.
Pero estos amigos, al tiempo que patrocinan una parte de las reivindicaciones
campesinas, tiemblan por la suerte de la propiedad burguesa, razón
por la cual se esfuerzan en llevar al movimiento campesino a los
cauces de la legalidad establecida.
En este mismo sentido actúan también, mucho antes
ya de la revolución, otros factores. Del seno mismo de
la clase aristocrática se alzan apóstoles conciliadores.
León Tolstoy leyó en el alma del campesino muchos
más adentro que nadie. Su filosofía de la no resistencia
al mal era expresión de las primeras etapas de la revolución
campesina. Tolstoy soñaba con que todo ocurriera «sin
expoliaciones, de mutuo acuerdo». A esta táctica le
daba él un cimiento religioso, bajo la forma del cristianismo
puro. Mahatma Gandhi cumple actualmente en la India la misma misión,
sólo que en una forma más práctica. Si de
la época contemporánea nos remontamos a otras más
lejanas, encontraremos sin ninguna dificultad aquellos mismos
fenómenos «nunca vistos en la historia», disfrazados
bajo las formas religiosas, nacionales, filosóficas y políticas
más diversas, empezando por los tiempos bíblicos
y aun antes.
El carácter peculiar de la insurrección campesina
de 1917 sólo se acusaba, tal vez, en el hecho de que, con
el título de agentes de la legalidad burguesa, entrasen
en ación unos hombres que se llamaban socialistas, y no
sólo eso, sino revolucionarios. Pero no eran ellos los
que trazaban el carácter del movimiento campesino y le
marcaban el rumbo. Los campesinos seguían a los socialrevolucionarios,
sencillamente porque éstos les facilitaban fórmulas
concretas para deshacerse de los terratenientes.
Al mismo tiempo, los socialrevolucionarios les servían
de tapaderas jurídica. No hay que olvidar que eran el partido
de Kerenski, ministro de Justicia primero y de la Guerra después,
y de Chernov, titular de la cartera de Agricultura. Los socialrevolucionarios
rurales creían que la tardanza en publicar los ansiados
decretos nacía de la resistencia de los terratenientes
y los liberales, y aseguraban a los campesinos que en el gobierno
los «suyos» hacían todo lo que podían.
El campesino, naturalmente, no tenía nada que objetar contra
esto. Pero sin incurrir, ni mucho menos, en una cándida
credulidad, entendía que era necesario ayudar a los «suyos»
desde abajo, y tan a conciencia lo hacía que los «suyos»,
encumbrados en las alturas, no tardaron en sentirse dominados
por el vértigo.
La poca fuerza de los bolcheviques entre los campesinos era pasajera
y se debía al hecho de no compartir la ilusiones de éstos.
Los pueblos sólo podían llegar al bolchevismo de
la mano de la experiencia y la decepción. La fuerza de
los bolcheviques, en la cuestión agraria como en las demás,
estribaba en que para ellos no había divorcio entre la
palabra y la acción.
Razones generales de orden sociológico no permitían
concluir a priori si los campesinos eran o no capaces de
alzarse como un solo hombre contra los terratenientes. La acentuación
de las tendencias capitalistas en la agricultura durante el período
comprendido entre las dos revoluciones; la formación de
un sector de campesinos acomodados, separados con sus fincas del
primitivo régimen «comunal»; los extraordinarios
progresos hechos por la cooperación agraria, acaudillada
por los campesinos acomodados y ricos; todo esto no permitía
saber con seguridad, de antemano, cuál de las dos tendencias
prevalecería en la revolución, si el antagonismo
agrario de casta entre los campesinos y la nobleza, o el antagonismo
de clase entre unos y otros campesinos.
Lenin, al llegar a Rusia, adoptó una actitud muy prudente
ante esta cuestión. «El movimiento agrario -decía
el 14 de abril- no es más que un pronóstico, pero
no un hecho. Hay que estar preparados para la eventualidad de
que los campesinos se unan a la burguesía.» No era
una idea lanzada irreflexivamente y al azar. Nada de eso. Lenin
la repite insistentemente en varias ocasiones. El 24 de abril,
en la reunión del partido, después de atacar a los
«viejos bolcheviques» que le acusan de no conceder a
los campesinos toda la importancia que merecen, dice: «El
partido proletario no puede ahora cifrar sus esperanzas en la
comunidad de intereses con los campesinos. Luchamos por que los
campesinos se pasen a nuestro lado; pro el hecho es que éstos,
y hasta cierto punto conscientemente, están al lado de
los capitalistas.»
Esto -dicho sea de paso- demuestra cuán lejos estaba Lenin
de la teoría, que más tarde habían de atribuirle
los epígonos, de la eterna armonía entre los intereses
del proletariado y los de los campesinos. Aun admitiendo la posibilidad
del proletariado y los de los campesinos. Aun admitiendo la posibilidad
de que los campesinos «como clase» pudieran llegar a
desempeñar el papel de factor revolucionario. Lenin, en
abril, creía necesario estar prevenido para la hipótesis
peor, para la perspectiva de un sólido bloque entre los
terratenientes, la burguesía y los vastos sectores campesinos.
«Pretender atraerse ahora al mujik -dice- valdría
tanto como entregarse a Miliukov.» De aquí la conclusión:
«Desplazar el centro de gravedad a los soviets de jornaleros
del campo.»
Pero, afortunadamente, se realizó la hipótesis mejor.
El movimiento agrario, que antes no era más que un pronóstico,
se convirtió en un hecho que puso de manifiesto por breves
instantes, pero con una fuerza extraordinaria, el predominio de
los lazos que unían a los campesinos «como clase»
sobre los antagonismos capitalistas. Los soviets de braceros del
campo sólo adquirieron importancia en algunos sitios, principalmente
en las regiones del Báltico. En cambio, los comités
agrarios convirtiéronse en órganos de todos los
campesinos, que con su tenaz presión los convertían
de cámaras de arbitraje en instrumentos de la revolución
agraria.
El hecho de que los campesinos se encontraran una vez más,
la última en su historia, con la posibilidad de actuar
en bloque como factor revolucionario, prueba, a la vez, la falta
de vigor del régimen capitalista en el campo y su fuerza.
La economía burguesa no había liquidado todavía
por completo con el régimen agrario medieval servil. Pero,
al mismo tiempo, la evolución capitalista había
hecho tales avances que estructuraba las viejas formas de la propiedad
agraria de un modo igualmente insoportable para todos los sectores
del campo. El entrelazamiento, muchas veces consciente, de la
gran propiedad agraria y de la propiedad campesina, con que se
tendía a convertir el derecho de los terratenientes en
una trampa para toda la comunidad; y, finalmente, el antagonismo
reinante entre el régimen comunal de los pueblos y los
colonos individualistas; todo contribuía a crear, en conjunto,
una confusión intolerable dentro de las relaciones agrarias,
de la cual no había modo de salir por medio de disposiciones
legales. Esto lo comprendían mejor los campesinos que todos
los teóricos agrarios. La experiencia de la vida, desarrollada
a lo largo de una misma conclusión: la de que había
que extirpar los derechos heredados y adquiridos sobre la tierra,
echar por tierra los mojones y entregar esta tierra, limpia de
toda tara histórica, a quien la trabajase. No era otro
el sentido de los aforismos campesinos: «la tierra no es
de nadie», «la tierra es de Dios». Y con ese mismo
espíritu interpretaban ellos la reivindicación programática
socialrevolucionaria de la socialización de la tierra.
Pese a las teorías de los narodniki, aquí
no se deslizaba ni una pizca de socialismo. Todavía no
ha habido una sola revolución agraria, por audaz que fuese,
que haya rebasado por sí misma los linderos del régimen
burgués. Se convendrá en que un régimen de
socialización que había de garantizar a todo bracero
el «derecho a la tierra» representaba ya de suyo, manteniéndose
un régimen de mercado sin trabas, una utopía manifiesta.
Los mencheviques criticaban esta utopía desde el punto
de vista liberal-burgués. Los bolcheviques, por el contrario,
señalaban la tendencia democrática progresiva que
se encerraba, expresada utópicamente, en la teoría
de los socialrevolucionarios. Uno de los más grandes servicios
prestados por Lenin consistió precisamente en haber descubierto
el verdadero sentido histórico del problema agrario ruso.
Miliukov escribía que, para él, como «sociólogo e investigador de la evolución histórica rusa», es decir, como hombre que contempla desde la cúspide lo que sucede, «Lenin y Trotski acaudillaban un movimiento que estaba mucho más cerca de Pugachev, de Stenda Razin, de Bolotnikov -de los siglos XVII y XVIII de nuestra historia- que de la última palabra del anarcosindicalismo europeo.» La parte de verdad que se contiene en esta afirmación del sociólogo liberal, dejando aparte lo del «anarcosindicalismo», que saca a relucir no se sabe por qué, no se dirige contra los bolcheviques, sino más bien contra la burguesía rusa, contra su atraso y su insignificancia política. Los bolcheviques no eran culpables de que los grandiosos movimientos campesinos de los siglos pasados no consiguieran instaurar en Rusia la democratización de las relaciones sociales -sin la dirección de las ciudades era imposible conseguirlo-, como tampoco de que la llamada emancipación de los campesinos, llevada a cabo en 1861, se organizase a base del robo de las tierras comunales, de la sujeción de los campesinos al Estado y de la integridad del régimen de castas. Por todo esto, los bolcheviques se vieron ante la necesidad de acabar, en el primer cuarto del siglo XX, lo que los siglos XVII, XVIII y XIX habían hecho a medias o no habían hecho. Antes de emprender la realización de su propios y gigantescos objetivos, los bolcheviques no tuvieron más remedio que pararse a barrer el estiércol histórico de las viejas clases gubernamentales y de los siglos anteriores, y justo es reconocer que realizaron a conciencia esta tarea apremiante y nueva. Seguramente que ni el propio Miliukov se atrevería a negarlo.
Capítulo 21. Las masas evolucionan